Qué cosas.
Y yo tratando se usar
un pantalón de brinca charcos,
como si las ensoñaciones, perdidas de remar palabras
vinieran a ser los remolinos que desatan tus cabellos,
maremoto de alta alcurnia.
Tan lejos de tus brazos
que me perdí los salmos
de cuanta caricia me ignoraste
en un ungüento.
Y te recuerdo, Amalia, que no te olvido
ni por las trepanaciones que se embarran
aunque se gasten los tejados
obsoletos
por querer morder la acera
de las insinuaciones.
No puede ser que los pescados
ya sean un ocio para las perpetuidades.
No lo cree
ni la puta que aún
estando a régimen
alimenta su esperanza, Amalia.
No lo cree ni el hombre,
que se perdió la dicha
de soñar con aves,
más que con noches
que serían una melodía
cantada solamente por tus ojos,
calor de hoja y lata
solfeando por la vía, Amalia.
No me creo nada de lo que me dicen,
de las nubes,
de tanto bache organizando dunas,
del solar de solares estirando hierbas,
de la breve ausencia de un pitido
a contrapunto cayendo en un derrumbe,
de las mismísimas estridencias de un atisbo.
No puedo creer que las salivas
ya se han evaporado en la nevera.
Tampoco tanto que por ahí me cuentan:
turbulencias de un suspiro.
Pero puedo decirte
que no te olvido,
Amalia.
Y también te digo que te llamo Amalia
porque te recuerdo
como la mayor de mis palpitaciones,
como un morir despierto,
y quizá
si lo pienso bien,
como una vida
que en verdad se vive resuelta
y que en la estancia
de un arrullo
arremete los idilios.